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Jesús, la promesa del Padre

Este ha sido un año glorioso, vimos la mano del Señor sobre nuestras vidas al acercarnos un poquito más y decidirnos a vivir “En Su Presencia”, y no podemos más que agradecerle porque siempre Él vino a nosotros “en el punto crucial de nuestra necesidad” (como siempre decía mi padre).

La Palabra de Dios afirma: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gá- latas 4:4). La promesa había estado desde el principio, y a lo largo de la historia vemos cómo Dios fue preparando el escenario para el nacimiento de Jesús. Cada promesa se cumplió: nuestro Dios que nos ama con amor eterno se despojó de Su dignidad, se despojó de todo, tomó forma humana (Filipenses 2:5-8), ni siquiera pudo nacer en los mesones de la ciudad, no había ni una salita de primeros auxilios disponible y na- ció en un establo, en un pesebre.

Qué hermoso es saber, al recordar el amor, la gracia y el poder de Dios, que aunque los regalitos estarán en el árbol, el mayor de los regalos es Jesucristo. Con Él y en Él tenemos paz, gozo, salvación y bendición. Así como Jesús vino a este mundo en el tiempo justo -no antes, no después- sino en el momento preciso, quiero decirte: “El Señor sabe todo por lo que estás pasando y se te acerca porque también hoy mismo tiene algo especial para ti”.

Ningún plan se frustrará

 

 

 

Todo lo que Dios planeó desde el principio para tu vida se va a cumplir. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras –dijo Jesús- no pasarán” (Mateo 24:35). Se cumplió aquella promesa que Dios le hizo a Adán y Eva el día que pecaron; y cuando Jesús vino a esta Tierra, también le dieron la espalda, como dice Juan 1:11 que “A lo suyo vino y los suyos no le recibieron”, sin embargo, Él estableció un plan perfecto y glorioso para redimir a toda la humanidad. Algunos no estaban listos para semejante bendición y regalo, por eso Jesús terminó naciendo, no en un palacio ni en la mejor de las mansiones, ni en el mejor de los mesones, sino en un pesebre; no obstante, Su plan nunca se vio detenido ni frustrado. Hasta los profetas habían hablado de las cosas que sucederían: cómo nacería Jesús e iba a ser rechazado, en qué ciudad sería dado a luz y, aun predijeron los intentos de asesinato que padecería siendo un bebé. Dios no permitió que el ataque del diablo frustre Su plan salvador.

 

Satanás quiso truncar Su destino, quiso ver frustrado el plan de salvación, cuando Jesús era un bebito, pero Dios no lo permitió. En Mateo 2:13 dice: “Que partieron ellos y un Ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: Levántate toma al niño y a su madre y huye a Egipto, permanece allá hasta que yo te diga porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo”. Dios enviaba a un Salvador, a un Rey. La profecía de Isaías 9:6- 7 ya lo declaraba: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto”. El rey Hero- des no quería compartir el trono con nadie, esto mismo pasa en algunos corazones, no quieren darle un lugar al Admirable (con mayúsculas).

Dios -al ver el plan del enemigo- trae palabras de precaución a través de un sueño. Qué importante es abrirnos a la guía divina, a esa palabra del Cielo, a Su revelación. Cuando José se enteró que María estaba embarazada, “Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a Ma- ría tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es” (Mateo 1:20). José era sensible a la guía del Espíritu y, cuando uno es sensible, por más que el diablo quiera traernos destrucción y muerte, nada podrá detener el plan de Dios, nada es ajeno a Su voluntad.

 

Medita

Vivimos en una sociedad rápida para reaccionar ante lo que enfrenta, qué importante es la meditación para responder adecuadamente. José meditaba. Muchas veces vemos las situaciones, nos enojamos, reaccionamos y ya tomamos acciones frente a eso sin tomarnos tiempo para buscar al Señor a fin de meditar en lo que está sucediendo para recibir Su guía, Su ayuda y lo que Él quiere hacer a través de esta situación. Vivimos tan acelerados, tan apurados, con las emociones a flor de piel, justificándonos en todo. ¡Respiremos hondo... meditemos!, que el Príncipe de Paz entre en cada corazón y que sintamos que, a pesar de que vengan cosas terribles, como esta orden de Herodes de ma- tar a todos los niños menores de dos años en Belén y en sus alrededores; Dios siempre está en control.

En ocasiones, parece que se desmorona todo, que el mundo se nos viene abajo, sin embargo, Dios está en control. Ochocientos años antes ya había dicho a través del profeta lo que iba a suceder, y mandó el Án- gel a José para que le diga: esto es lo que va a ocurrir y esto es lo que tienes que hacer, pero si él no meditaba en el Señor no hubiese recibido directivas cuando María queda embarazada por el Espíritu Santo, la hubiera difamado, y según la tradición la hubiesen matado a golpe de piedra, y hubiesen muerto ella y el bebé que llevaba en su vientre. ¿Qué pensamientos habrán pasado por la mente de José en esos momentos?, pero él aquieta su espíritu y en sueños el Ángel le habla. Ante la amenaza inminente de esta destrucción y este derramamiento de sangre, de esta masacre, el Ángel produce un salvoconducto y los saca de esa situación hasta después que Herodes muere.

Otra vez el Ángel se le aparece en sueños a José, pero en Egipto, “diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño” (Mateo 2:20). Nada toma por sorpresa al Señor, ni los pecados que hemos co- metido ni ninguna crisis, ni ninguna adversidad. Aprende a esperar en el Señor y deja que Su gracia te dé la fuerza para cumplir con Su voluntad. Dios siempre va a traer una respuesta, te dará una salida para que pue- das vivir dentro de Su glorioso plan. La clave es aprender a aquietar el espíritu, aprender a meditar.

La familia de María y José era humilde; nos damos cuenta al ver cuando llegan al templo ocho días después de que el niño había nacido y le presentan al Señor la ofrenda mínima acostumbrada por el na- cimiento de un hijo. Debían dar un cordero de un año, no obstante, los más humildes solo traían una tórtola o un palomino, y eso es lo que María y José ofrecen.

 

 

Dios está en el detalle

Ellos integraban una familia pobre que tuvo la necesidad de huir a Egipto, y en esa época, en cada frontera había que pagar un tributo; se iba, por lo general, en caravanas y se pagaba para que la multitud sea protegida. ¿Cómo hubiesen hecho María y José para salir? A Dios que no se le escapa detalle, por eso en- vía desde Oriente a unos sabios con regalos carísimos: oro, incienso y mirra. Cada uno con un significado en base a la identidad de Jesús. Oro, el obsequio que se le daba a un rey; incienso, lo cual usaban los sacerdotes y la mirra refiriéndose al sacrificio de Jesucristo. Cosas costosísimas.

Dios, antes de que venga la necesidad, ya tenía la provisión específica para María y José. Dios hará lo mismo con cada uno de nosotros.Por eso, no tenemos por qué estar afanados ni ansiosos pensando qué comeremos o qué beberemos o qué vestiremos. Si Dios cuida de las aves, si viste los lirios del campo con una belleza mayor a la de Salomón, ¿no se va a ocupar de nosotros? (Mateo 6:31).

Recuerdo la Navidad en que estábamos recién casados con Alejandra, y no teníamos qué comer, no había nada, y la señora del lugar donde trabajaba me dijo que habían comido tanto pavo para el día de Acción de Gracias que ya estaban cansados; así que nos regaló un “tremendo” pavo. ¡Fiel es Dios! “No he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” (Salmos 37:25b). Tal vez “del Oriente” ya están viniendo los sabios con los tesoros, simplemente tienes que abrirte a esa provisión divina, a ese milagro inesperado, a esa abundancia prometida. Él está en los detalles, por pequeños que sean. Al enfrentar algo mayor y compararlo con cada una de esas oportunidades cuando el Señor nos fue fiel, es una inyección de ánimo y fe ante lo nuevo.

Oro para que los miembros de tu familia que se reúnan contigo a festejar, tengan la revelación de Jesús, promesa del Padre. ¡Feliz Navidad! Que Cristo nazca en ti y te imparta una nueva esperanza. Amén.

 

Omar Cabrera Jr.

Lee aquí "CONOZCA A JESÚS".

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